El lenguaje modula el pensamiento

Descubrí esta frase hace menos de un año, y no hay día que no me la diga a mi misma o me escuche decírsela a alguien. Sí, soy insistente con aquello en lo que creo. En otro momento habría escrito pesada, pero se trata de eso, de modular el pensamiento cuidando el lenguaje.

 

Cuando hacemos un proceso de marca personal, empezamos por el autoconocimiento, e identificamos características, fortalezas, debilidades… Las personas nos describimos como creemos que somos, y en esa descripción, es habitual que encontremos y usemos palabras negativas o que tienen connotaciones negativas. Porque parece que nos gusta machacarnos.

Nuestro lenguaje interno no siempre suma, en tres casos concretos resta:

  • Cuando generalizamos. Yo no soy 100% una cosa en todo momento, yo soy de una manera para una situación concreta (e incluso dentro de un rol concreto). Cuando utilizamos una palabra negativa generalizando, no nos damos la oportunidad de aprender del error, sino que nos machamos pensando que actuamos siempre de la misma forma. Es más, hay ocasiones en las que seguro que esa palabra negativa, es hasta buena.
  • Cuando nos castigamos. ¿Quién no se ha dicho ‘Qué tonto soy’ alguna vez? Cada vez que escucho a alguien insultarse, le freno y se lo hago ver. ‘Tú ya sabes a lo que me refiero’ o ‘estoy bromeando’ suelen ser sus respuestas; y ahí es cuando les digo eso de ‘el lenguaje modula el pensamiento’. Exigirnos, a veces, nos lleva a castigarnos en base a resultados. Si te refieres a algo concreto, especifica, de esa manera sabrás que corregir o cambiar. Y lo de bromear… hay ciertas cosas con las que no es bueno bromear, y tu autoestima es una de ellas.
  • Cuando nos comparamos. A menudo la gente dice que es “demasiado” algo, o “poco” de otra cosa… ¿Respecto a qué? ¿A la media? ¿A la normalidad? ¿Y eso quién lo define? No eres ni demasiado ni poco nada, eres tú y tienes ciertas características en determinada cantidad, pero sin compararlo con los demás, ni con una media o normalidad inventada.

Quienes más saben de lenguaje negativo y exigente son los deportistas. Ellos lo sufren debido a la presión, las ganas de superación, o la frustración en base a resultados. Timothy Gallwey ya habló de este tema en “El Juego interior del tenis”. La principal consecuencia, es que esa presión, esa voz interior negativa, nos impide dejar fluir el talento.

El ‘Vamos Rafa’ de Nadal, o el ‘Puedo, porque pienso que puedo’ de Carolina Marín; son ejemplos de cómo los deportistas buscan frases positivas y motivadoras para acallar una posible voz interior negativa durante los partidos.

Y es que ser negativos en el lenguaje bloquea nuestras fortalezas, nos limita. Seguro que has escuchado hablar de la profecía autocumplida. Las personas como seres sociales queremos satisfacer a los demás y si la gente piensa y expresa que tenemos un comportamiento, acabaremos actuando de esa manera para satisfacer a esa persona. Reforzamos el pensamiento. Y si el pensamiento es negativo…  ya puedes imaginar cómo serán las consecuencias. Y si nos influye el lenguaje externo, imagínate el propio.

No sólo nos machacamos internamente, sino que exteriorizamos estas ideas y al final trasladamos a los demás estos conceptos negativos sobre nosotros mismos. La primera forma de controlar nuestra reputación pasa por controlar nuestro propio lenguaje.

¿Y cómo podemos trabajar este lenguaje?

  1. Ser conscientes de cómo nos hablamos e incluso de cómo hablamos a los demás. Tratar de identificar las palabras negativas o que tienen connotaciones negativas, insultos y adverbios de cantidad.
  2. Especificar cuándo se cumple esa característica, en qué contexto, en qué rol, a consecuencia de qué emoción…
  3. Buscar eufemismos. Pero no se trata de cambiar palabra por palabra, sino que busquemos la intención positiva detrás del adjetivo que transmite un comportamiento negativo. De pesada, insistente.

No digo que haya que ocultar aspectos negativos a cambiar o aceptar, pero sí creo que es más sano si sabemos encontrar la línea que separa ser autocríticos, exigentes y querer mejorar, de dejar que el lenguaje nos dañe.

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